Ambiente acogedor y encanto rústico de El Viejo Almacén
El Viejo Almacén se percibe como un parador con mucho encanto, cuidado hasta el detalle tanto por fuera como por dentro. La primera impresión llega ya desde la carretera, con un edificio prolijo, de techo a dos aguas y paredes color ladrillo, al que se accede por un sendero de canto rodado separado del césped por una pequeña valla de madera, donde incluso descansan dos perros que refuerzan la sensación hogareña. En el exterior, varias mesas y sillas bajo el alero invitan a sentarse con calma, mientras que en el interior los grandes ventanales con postigos de madera, la barra de madera con banquitos altos y las mesas decoradas con pequeños floreros crean una atmósfera cálida y rústica, ideal para una parada en ruta. Como comenta Marta Pilar, el lugar llamó su atención “por lo prolijo e impecable que se encontraba visto desde fuera y lo comprobamos adentro”, una idea que resume bien la mezcla de orden, calidez y encanto patagónico que desprende el local.